Llevó varias semanas "desentilichando" (qué palabra...) mi cuarto. Mi mamá y yo planeamos remodelarlo... Pero por estar ocupada en los quehaceres domésticos me olvide de divertirme un ratito. El sábado no podía más. Estaba indecisa entre tirarme por la ventana o probar el desayuno preparado por mi papá (lo cual tiene el mismo efecto que la primera acción. Hospitalización segura). Y entonces descubrí algo hermoso: ¡llovía! No se porqué pero me encantan los días lluviosos. Una mirada a la ventana bastó para que mi mamá se diera cuenta del ardiente deseo que me consumía. Quería salir a mojarme. Fue hermoso, indescriptible. No saciada del todo decidí tostar algo de pan (el desayuno de mi papá era un riesgo más grande, probablemente) y comerlo debajo de la lluvia. Cuando mi mamá vio como había quedado mi ropa fui merecedora de una mirada de reproche y dicho sea de paso, de un jalón de cabello muy amoroso (ja, qué mentira). Pero, saltar de un charco a otro, comiendo pan y quedar empapada lo vale. Pan húmedo. Qué poético. Qué sábado.
Porque la vida es un cuento y somos, solamente, los vehículos de cumplimiento de los designios de quién sabe quién...
sábado, 23 de junio de 2007
martes, 12 de junio de 2007
Qué triste es cuando te veo partir,
Qué triste es cuando te veo partir,
y las palabras, caballos a galope
que se atoran en mi garganta,
no te alcanzan.
Mi grito silente
se ahoga entre el silencio de un griterío.
Qué triste es cuando te veo partir,
y no puedo decirte cuánto te quiero.
Qué triste es cuando te veo partir,
cuando te alejas, bailarina,
y me abandonas.
Y la distancia pesa sobre mis hombros.
Qué triste es cuando te veo partir,
y no sé, si la paz de tu mirada
volverá a mi.
Si el calor de tu sonrisa,
será saboreado, de nuevo, por mis ojos.
Qué triste es cuando te veo partir,
sin saber, siquiera, si piensas en mi.
Gacela atolondrada, que te ríes
del papel y escribes al vuelo,
que cocinas las palabras,
que derramas algunas lágrimas.
No, no llores.
Déjeme eso a mi,
que te veo partir.
Oh, ruiseñor claro
Oh, blanca felina
vete ya, si así lo quieres.
Vete ya.
viernes, 25 de mayo de 2007
Y entonces, ¿porqué no dormir en clase?
"No duermas para descansar, duerme para soñar. Porque los sueños están para cumplirse."
Walt Disney.
Sí, sí entiendo el porqué no de mi título, ¿pero apoco la frase no está bella?
Before the doors close and it comes to an end
Sniff, sniff, estamos a una semana de que terminen las clases "normales" después lo exámenes y clases públicas y se acaba el ciclo escolar.
Qué triste. Qué rápido.
Este año tuvo de todo un poco. Cuántos nuevos amigos. Cuántas amistades tan perfectas. Cuánto progresé. Antes no le enseñaba mis escritos a nadie. Y cuando digo nadie habló en serio. Por lo menos, ahora, me atrevo a ponerlos aquí. Ja. Cuántos amores. Cuántos dolores.
En fin. Ahora vamos que volamos a tercero. El año más difícil, y no me refiero a lo académico. Sino a la despedida. A la separación. Un grupo tan unido que se enfrenta a la cruda realidad de que es obligado a separarse, para que cada quien busque su propio camino, su vida, para que vea nuevos horizontes, para que olvide los buenos tiempos pasados, para ocupar su lugar con nuevos recuerdos.
Ni modo. No hay forma de enfrentar al señor Tiempo. Lo que él dice, se tiene que cumplir. Es la ley de la vida... (una de tantas).
Sólo espero no olvidar nada de tan bellos recuerdos, tan importantes enseñanzas, tan grandes progresos, tan extremas experiencias.
Y por qué en la palabras se encuentra la memoria humana, por que desde la invención de la escritura ya nada se olvida, quiero que quede bien claro, aquí plasmado con mis palabras: qué los quiero mucho. A todos.
La búsqueda de sí mismo
Al verlo comencé a llorar,
era un ángel,
y mis lágrimas lo alcanzaron.
Y su imagen se desvaneció en
el agua, clara, como espejo.
But I feel so alive
Ok, no gané. Y qué. En ningún momento me sentí inferior (ni superior) a los otros participantes, aunque debo admitir que acabé admirando a algunos. Todos lo hicieron sorprendentemente bien, debo aceptarlo. Y por lo menos me consuela, que mí error no fue falta de ganas, o práctica sino pánico escénico. Y aunque después del olvido lo dije muy bonito la memorización era también parte de la calificación, y hubo poemas ¡hermosos!
Aunque lo que sí me defraudo un poquitín, es que entre todos los concursantes del colegio teníamos 12 oportunidades de obtener un 1°, 2° o 3° lugar, y no obtuvimos ninguno. Este año, definitivamente, no fue nuestro año. Ya será el próximo. Me queda el consuelo de que este año lo hice incomparablemente mejor que el año pasado. Progreso. Vamos bien.
Y ya han pasado las horas
Y ya han pasado las horas.
Y tú no has vuelto.
Ha anochecido,
y en la cama aún te espero.
Mañana cuando amanezca,
estarás con ella.
Y yo, me iré lejos para
nunca volver.
Y ya han pasado las horas.
Y tú no has vuelto.
domingo, 20 de mayo de 2007
El Viento Distante
En un extremo de la barraca el hombre fuma, mira su rostro en el espejo, el humo al fondo del cristal. La luz se apaga, y él ya no siente el humo y en la tiniebla nada se refleja.
El hombre está cubierto de sudor. La noche es densa y árida. El aire se ha detenido en la barraca. Sólo hay silencio en la feria ambulante.
Camina hasta el acuario, enciende un fósforo, lo deja arder y mira lo que yace bajo el agua. Entonces piensa en otros días, otro domingo, en otra noche que se llevó un viento distante, en otro tiempo que los separa y los divide como esa noche los apartan el agua y el dolor, la lenta oscuridad.
Para matar las horas, para olvidarnos de nosotros mismos, Adriana y yo vagamos por las desiertas calles de la aldea. En una plaza hallamos una feria ambulante y Adriana se obstinó en que subiéramos a algunos aparatos. Al bajar de la rueda de la fortuna, el látigo, las sillas voladoras, aún tuve puntería para abatir con diecisiete perdigones once oscilantes figuritas de plomo. Luego enlacé objetos de barro, resistí toques eléctricos y obtuve de un canario amaestrado un papel rojo que predecía mi porvenir.
Adriana era feliz regresando a una estéril infancia. Hastiados del amor, de las palabras, de todo lo que dejan las palabras, encontramos aquella tarde de domingo un sitio primitivo que concedía el olvido y la inocencia. Me negué a entrar en la casa de los espejos, y Adriana vio a orillas de la feria una barraca sola, miserable.
Y el hombre repite la eterna letanía:
-Pasen, señores: vean a Madreselva, la infeliz mujer que un castigo del cielo convirtió en tortuga. Vean a Madreselva, escuchen de su boca la narración de su tragedia.
Entramos, estaba vacia, oscura. Busque la salida a tientas. Mientras lo hacía, Adriana, silenciosa desapareció. Pero en su lugar había algo. Algo que escondio la cabeza en el caparazón, mientras lloraba, al comprenderlo.
El hombre toma en brazos a la tortuga para extraerla del acuario. El hombre se arrodilla, la besa y la atrae a su pecho. Nadie comprendería que esta solo, nadie entendería que la quiere, nadie comprendería que la extraña. Llora sobre su caparazón húmedo, sollozando lentamente su nombre: Adriana.
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