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domingo, 2 de septiembre de 2007

El origen de los hombres

Y entonces, Cotufa, decidió inventarse una mascota doméstica. Algo que anduviera en sólo dos patas, que fuera hábil para contarle cuentos y cocinarle por si no le daba la gana cazar. Mientras tanto, Merlín, sentado en una nube decidió inventar la comida para gatos enlatada.

martes, 12 de junio de 2007

Qué triste es cuando te veo partir,

Qué triste es cuando te veo partir,
y las palabras, caballos a galope
que se atoran en mi garganta,
no te alcanzan.
Mi grito silente
se ahoga entre el silencio de un griterío.
Qué triste es cuando te veo partir,
y no puedo decirte cuánto te quiero.
Qué triste es cuando te veo partir,
cuando te alejas, bailarina,
y me abandonas.
Y la distancia pesa sobre mis hombros.
Qué triste es cuando te veo partir,
y no sé, si la paz de tu mirada
volverá a mi.
Si el calor de tu sonrisa,
será saboreado, de nuevo, por mis ojos.
Qué triste es cuando te veo partir,
sin saber, siquiera, si piensas en mi.
Gacela atolondrada, que te ríes
del papel y escribes al vuelo,
que cocinas las palabras,
que derramas algunas lágrimas.
No, no llores.
Déjeme eso a mi,
que te veo partir.
Oh, ruiseñor claro
Oh, blanca felina
vete ya, si así lo quieres.
Vete ya.

viernes, 25 de mayo de 2007

La búsqueda de sí mismo

Al verlo comencé a llorar,
era un ángel,
y mis lágrimas lo alcanzaron.
Y su imagen se desvaneció en
el agua, clara, como espejo.

Y ya han pasado las horas

Y ya han pasado las horas.
Y tú no has vuelto.
Ha anochecido,
y en la cama aún te espero.
Mañana cuando amanezca,
estarás con ella.
Y yo, me iré lejos para
nunca volver.
Y ya han pasado las horas.
Y tú no has vuelto.

domingo, 20 de mayo de 2007

El Viento Distante

En un extremo de la barraca el hombre fuma, mira su rostro en el espejo, el humo al fondo del cristal. La luz se apaga, y él ya no siente el humo y en la tiniebla nada se refleja.
El hombre está cubierto de sudor. La noche es densa y árida. El aire se ha detenido en la barraca. Sólo hay silencio en la feria ambulante.
Camina hasta el acuario, enciende un fósforo, lo deja arder y mira lo que yace bajo el agua. Entonces piensa en otros días, otro domingo, en otra noche que se llevó un viento distante, en otro tiempo que los separa y los divide como esa noche los apartan el agua y el dolor, la lenta oscuridad.
Para matar las horas, para olvidarnos de nosotros mismos, Adriana y yo vagamos por las desiertas calles de la aldea. En una plaza hallamos una feria ambulante y Adriana se obstinó en que subiéramos a algunos aparatos. Al bajar de la rueda de la fortuna, el látigo, las sillas voladoras, aún tuve puntería para abatir con diecisiete perdigones once oscilantes figuritas de plomo. Luego enlacé objetos de barro, resistí toques eléctricos y obtuve de un canario amaestrado un papel rojo que predecía mi porvenir.
Adriana era feliz regresando a una estéril infancia. Hastiados del amor, de las palabras, de todo lo que dejan las palabras, encontramos aquella tarde de domingo un sitio primitivo que concedía el olvido y la inocencia. Me negué a entrar en la casa de los espejos, y Adriana vio a orillas de la feria una barraca sola, miserable.
Y el hombre repite la eterna letanía:
-Pasen, señores: vean a Madreselva, la infeliz mujer que un castigo del cielo convirtió en tortuga. Vean a Madreselva, escuchen de su boca la narración de su tragedia.
Entramos, estaba vacia, oscura. Busque la salida a tientas. Mientras lo hacía, Adriana, silenciosa desapareció. Pero en su lugar había algo. Algo que escondio la cabeza en el caparazón, mientras lloraba, al comprenderlo.
El hombre toma en brazos a la tortuga para extraerla del acuario. El hombre se arrodilla, la besa y la atrae a su pecho. Nadie comprendería que esta solo, nadie entendería que la quiere, nadie comprendería que la extraña. Llora sobre su caparazón húmedo, sollozando lentamente su nombre: Adriana.